La
zona franca
1 – Jueves.
Se fue simple.
Se fue en silencio. Pero como saberlo si ya no puedo recordarlo.
No vine sola esta vez. Todo daba vueltas, y en la
confusión, él vino conmigo, como un preso oculto debajo de mi falda buscando
llegar a la calle, amenazándome, sintiendo el frío del caño de su pistola en mi
vagina.
Llegué el jueves a casa. Hay una gran cantidad de
llamadas en el contestador. No escuché
ninguna, de hecho, no me interesa saber nada de nadie.
Dos semanas internada por culpa de la inoperancia de
una gestión mediocre en una ciudad cada vez más echada a su suerte, no me ha
dejado un muy buen humor realmente. Doble fractura de cráneo y un hematoma
subdural. Si esa avenida no hubiera estado en desnivel, no hubiera caído de la
moto, y si no hubiera sido por culpa de ese mismo desnivel, la moto no hubiera
dado los varios zigzagueos que terminaron haciendo volar el casco que no
llevaba abrochado. Y como siempre, la cabeza al piso, y la mía no fue la
excepción. Pasó a ser apenas un número más de la lista mayoritaria que confirma
el resultado estadístico. Juro que intenté no dar el cocazo, pero fue inútil.
Dos semanas y ahora en casa. Por momentos me siento
bien, por momentos el mareo maldito y lo peor, la desorientación. El hematoma
subdural es considerable y zafé de la cirugía por pura fuerza de voluntad.
Incluso llegué a quedar en shock y tener convulsiones, mientras mi novio
gritaba y lloraba en la sala de espera junto a algunos amigos míos que vinieron
apenas se enteraron. El tiempo para mí estaba detenido, pero podía oírlos,
aunque no podía saber dónde estaban. Sólo oscuridad, no podía ver nada, salvo
algún destello de la luz de la sala de emergencias y los gritos de los médicos,
cada vez más lejanos, hasta que entendí que debía luchar y volví.
Durante los últimos días de internación comenzaron a
suceder cosas que no sabría a qué atribuir, tal vez a los medicamentos que me
pasaban por suero, entre analgésicos y anticonvulsivos, pero me están dejando
muchas inquietudes, y la necesidad de ir escribiendo los sucesos para no
olvidarlos.
El primer indicio de que algo andaba raro se dio
durante la noche del lunes; mientras dormía en mí habitación, alguien cerró el
paso del analgésico y en media hora estuve desesperada del dolor. Vino la enfermera
y me preguntó si había entrado algún otro enfermero a la habitación, pero le
dije que no, porque realmente no podía decir que había estado alguien allí. Me
observó fijo y me preguntó si yo había tocado el paso del analgésico y también
lo negué, porque yo no había siquiera movido un dedo desde que había cerrado
los ojos hacía algunas horas ya.
A la tarde, después de almorzar, comenzó a moverme
las cosas de lugar. Empezó por la bandeja de la comida. Apenas yo me di vuelta
para ir al baño, la bandeja había pasado de la mesita de comer en la cama al
escritorio y no había nadie allí, pero asumí que la medicación me estaba
jugando una mala pasada y que estaba imaginando cosas. Me volví a recostar y me
puse a mirar televisión, pero los canales cambiaban solos y fue aburrido así.
Luego de un par de horas volví a encenderlo; funcionaba bien entonces.
A la noche, mientras miraba una película, la cama se
desplomó y la tele se apagó, como si la hubieran bajado de su posición erguida
a plano en un segundo. Me asusté mucho,
la presión arterial se elevó y vino la enfermera rápidamente a ver que
me había sucedido.
―¿Qué te pasó? ¿Tuviste una pesadilla?
―No, estaba mirando la tele y se desplomó la cama.
Me asusté…
―¿Se desplomó? Hay que llamar a mantenimiento. Ahora
dormite, que tenés la presión por las nubes y es re tarde.
En ese momento, mientras me decía esas palabras, me
aplicaba un medicamento a la manguera del suero. No podría especificar qué fue,
pero me hizo dormir en pocos minutos.
A la mañana siguiente los chicos de mantenimiento no
encontraron ningún desperfecto en la cama, o no lo manifestaron. Lo cierto es
que la cama funcionó perfectamente desde entonces, tal como lo había hecho la
semana anterior. Luego fueron bromas de mal gusto, como cambiarme la pasta
dentífrica de lugar, o abrirme la puerta del placar, todo siempre, claro, en
mis breves descuidos de fracción de segundo. Nunca pude ver como sucedían los
fenómenos.
Hoy al llegar sentí que no estaba sola. No que
hubiera alguien en casa, sino que alguien más venía conmigo, además claro, de Paolo, que me dejó después de un
par de horas de cuidados y optimizar todo para mi comodidad. Tuvo que irse a la
universidad y mañana sale hacia una ciudad costera a cursar una materia intensiva.
Algo que no pudo cancelar, ni aplazar. Claramente, debo valerme por mí misma,
aunque tal vez alguna amiga me dé una mano en algún momento. Por cierto mañana
viene Carla a quedarse un rato conmigo y dijo que me iba a cocinar algo.
Todo venía muy bien, hasta que fui al baño después
que se fuera Paolo, es esa la razón por la que decidí empezar a documentar día
a día cada evento que pueda suscitarse.
La luz del baño estaba apagada, ya que soy bastante
cuidadosa del consumo innecesario de energía, sin embargo estaba encendida
cuando abrí la puerta. No es algo demasiado llamativo, pero al sentarme en el
inodoro y mientras orinaba, la luz se apagó. En primera instancia supuse que se
trataba de un corte de energía, pero al abrir la puerta pude ver que la luz de
la cocina estaba encendida.
El foco se había quemado, deduje luego, pero por
alguna razón la luz volvió en el baño, al mismo tiempo que se apagó la de la
cocina.
Alguna de esas rarezas del mundo de la
electricidad, como cuando se encienden
luces donde no debieran con una
intensidad
mucho más baja que lo usual, lo que resulta evidenciado por el buscapolo cuando
enciende su luz ana- ranjada en ambos cables. Paolo sabe de eso.
Ahora estoy cenando una tarta de
calabaza que compré esta mañana en la rotisería de enfrente, cuando llegaba con
Paolo de la clínica. No tengo aún ganas de cocinar. Tampoco poseo la destreza
suficiente para manipular cuchillos o elementos de cocina.
Ya es casi media noche y no pasó nada
fuera de lo normal. Me voy a la cama a ver una película y a tratar de dormir
temprano.
2 – Viernes
Muy temprano salió Paolo hacia su
destino en la costa. Me llamó justo antes de subir al ómnibus, para darme el
buen día y preguntarme si había tomado la medicación, pero aún faltaban dos
horas para eso. Lo voy a extrañar.
Estaba lo suficientemente estable y
firme como para bajar a la cocina y prepararme el desayuno, así que apenas me
puse un salto de cama, bajé lentamente los peligrosos escalones y llegué a la
cocina donde me preparé un café con leche y unas galletas con queso untable dietético,
además de una pera y media naranja.
La mañana estaba gris, plomiza. El
noticiero hablaba de probabilidad de lluvias. Si llovía, Carla no iba a venir;
pasadas las once de la mañana comenzó a llover.
Estaba cansada pero no tenía sueño.
Decidí ponerme a cocinar el almuerzo temprano, así podría dormir una siesta sin
culpa de tres horas y despertar aún de día, como para hacer algo más productivo
antes de que cayera la noche.
En la cocina sucedió la primera
manifestación del día. Estaba terminando de lavar lo que había quedado de la
cena,
que
apenas era un plato y un vaso, cuando al cerrar el grifo pude oír un sonido
proveniente del baño. Era un sonido inconfundible; la ducha abierta, pero yo no
había ido al baño.
Antes
de ir a la cocina al pasar por esa puerta, supe que la ducha estaba
cerrada. Podía estar segura de no haberla escuchado antes, incluso después de
ducharme, volví al baño y estaba cerrada.
Entré y cerré ambas perillas.
El resto de la tarde transcurrió en una normalidad
relativa. Si bien quedé preocupada por lo de la ducha, ocurrieron otros
incidentes que pusieron en tela de juicio mi cordura; los libros de mi
biblioteca, que se encuentran al subir la escalera que da a la habitación,
siempre estuvieron acomodados de una forma muy particular, pero ahora estaban
completamente distintos. Habían sido cambiados en su orden, pero hasta ayer
estaban todos de la manera que lo recordaba. Subí las escaleras muchas veces en
estos dos días. Alguien lo hizo durante la noche. Llamé a Paolo, pero estaba la
contestadora. Seguro estaba estudiando, lo que no me molestó, pero me sentí muy
sola en ese momento.
La tarde llegó de a poco con su plomiza claridad
algo depresiva, poco feliz, al menos para mí. Quedé echada en la cama mirando
televisión, cuando los canales empezaron a cambiarse solos, de manera casi
frenética. Inmediatamente pensé que estaba dañado, o falto de batería, pero
cuando lo observé bien, estaba lleno de agua. Me había dejado un manchón de
agua en la colcha y estaba funcionando
mal, por los cortos circuitos que seguramente se estaban originando dentro.
Atiné a sacar las baterías, pero los canales se seguían cambiando, hasta
detenerse en un canal de noticias. Estaban hablando del caso de una chica
asesinada a puñaladas en su casa de forma sospechosa. No había aún detenidos y
se presumía que el novio era el asesino, pero no lograban dar con él. Me
acerqué al aparato y cambié de canal con la mano, pero el televisor volvía al
mismo.
Una y otra vez.
Hasta que no más. Pronto cambió a otro canal de
noticias que estaba informando sobre la misma trágica historia.
Traté
de cambiar de canal una docena de veces, pero sólo cambiaba hacia donde estuvieran
hablando del caso de la chica asesinada por su novio. No aguanté más y apagué
la tele. Comencé a sentir mucho miedo, a asustarme.
Aún ahora estoy muy asustada.
Las hornallas de la cocina se encendieron solas,
tuve que cerrar la llave general para que no termine en una tragedia.
Hay algo que trata de matarme, que está torturándome
a cada instante y llegó a intentar matarme. Voy a conectarme a internet, voy a
averiguar qué es esto que sucede en mi casa.
En la web encontré cosas de muy variada ideología,
pero la mayoría coincide con un fenómeno; el poltergeist. Leí lo siguiente
sobre el tema: “Los poltergeists se
originan cuando una persona muere en medio de un sentimiento de ira o angustia
muy elevados. De acuerdo a una variante de esta hipótesis, los poltergeists y
los fantasmas son meras impresiones o vestigios del alma. Cuando hay una
emoción o sentimiento muy fuerte, se cree que una impresión de este sentimiento
queda grabada en el lugar, lo que se suele denominar como impregnación. Sin
embargo, algunos poltergeists han sido descritos como capaces de tomar forma y
personalidad, lo que sugiere algún tipo de conciencia e intención. Practicantes
de la proyección astral han informado de la existencia de entidades astrales no
amigables, lo que se define como "negs" (las cuales son también
identi ficables con los "elementos"). Si existen, podrían tener la
habilidad de afectar el mundo físico.”
No sé qué de esto me hace suponer que en mi casa
pasan cosas sobrenaturales, pero aclaro que no soy practicante de ningún culto
ni religión, soy una mujer adepta al pensamiento, pero los hechos que vengo
viviendo no puedo explicarlos bajo esa órbita, salvo la pérdida total de mi
cordura, hecho que estoy segura no es la causa, ya que según el neurólogo estoy
muy bien, las tomografías salieron excelentes y el alta hospitalario no tardó
en obtenerse debido a mi rápida mejora y autonomía.
Algo vino conmigo del hospital, algo que no sé qué
es ni qué busca.
Ha llegado la noche. No hubo otra manifestación. El
resto del día transcurrió entre el aburrimiento y la migraña. Ya tomé
la medicación y cené
la última comida que quedaba por calentar. Desde
mañana, no tengo otra opción más que cocinar.
3 – Sábado
Esta mañana me desperté muy tarde. Ya era para mí
común despertarme mucho antes, como a las 7:45 en la clínica, pero los últimos
días en casa me han provocado mucha pereza. Tengo ganas de seguir durmiendo
hasta muy tarde, a veces tal vez pasarme el día en la cama. Miré hacia la
ventana pensando que no había cerrado la cortina a la noche, para darme cuenta
que ya no tenía cortinas. Habían desaparecido. Bajé al living para notar que
las cortinas del living también habían desaparecido, al igual de las de la
cocina. Faltaba una mesita donde solía tener apoyado el teléfono, que ahora
reposaba en el suelo, en la misma exacta posición que mantuviera sobre su
antiguo soporte. Me sentí devastada. Pensé que alguien estaba entrando a mi
casa y estaba jugando con mi mente, llevándose mis cosas y poniendo en riesgo
mi cordura. No sabía qué hacer, llamé a mi mamá, pero no pude contarle, se
pondría muy nerviosa y tiene problemas cardíacos. No pude comunicarme con
Paolo… ¿Por qué no está cuándo lo necesito?
Voy a llamar a un cerrajero y que me
cambien las cerraduras.
Ya está, ahora sí. Revisé la casa y
cerré la puerta con las tres cerraduras. Ya no tengo miedo. Si esto es una
broma se acaba acá mismo.
La luz del baño se prende y se apaga
sola, yo la dejo apagada y aun así se enciende. La tecla está rota o el foco se
está por quemar. Voy a cambiarlo.
De paso cambié el foco de la cocina, que
a veces parecía hablar en clave morse con el del baño.
A las cuatro de la tarde estaba abajo
tomando un té y sucedió otra vez. El televisor de mi dormitorio en el primer
piso, se encendió. La radio y la aspiradora que estaba a los pies de la cama
también. Todo al mismo tiempo. Sentí un escalofrío profundo. Todo sonaba al
mismo tiempo a muy alto volumen y me provocaba un mareo intenso. Subí
cautelosamente las escaleras, pero sabía que era imposible que hubiera alguien.
No entendí cómo todos los elementos eléctricos de la habitación pudieran
encenderse a la vez. Llegué a la puerta de mi cuarto. Por alguna razón estaba
cerrada, aunque yo no recordaba haberla dejado así. Traté de oír cualquier
sonido proveniente del interior, acercando la oreja a la madera. El ruido de
las tres máquinas era demasiado ensordecedor. Abrí la puerta y lo primero que
noté fue sorprendente. Mi cama estaba perfectamente tendida, algo que yo no
había hecho.
Apagué todos los aparatos, guardé la
aspiradora y desenchufé el equipo de audio y el televisor. Tomé las pastillas y
ahora debo descansar un rato. Tengo mucho sueño.
Estuvieron tocando el timbre, llegué a
escucharlo entre sueños. Tuve un sueño horrible, donde todo en mi casa iba
desapareciendo, hasta desaparecer la casa misma conmigo dentro. Y ahí me
desperté. No por el timbre, él dentro del sueño fue apenas una percepción
subconsciente de la realidad. Me desperté al sentir que alguien hablaba en la
cocina por el portero eléctrico. Era una voz de mujer.
Bajé rápidamente y la vi, ahí parada. La
puerta abierta, apenas entrando al pasillo, me miró un tanto preocupada.
―¿Estás bien? ¿Te sentís bien? ―me
preguntó.
―¿Cómo entraste? ―mi expresión habrá
sido muy con- fusa de comprender para Carla. Dio un paso más, extendiendo la
palma de la mano hacia adelante, como para cubrirse.
―La puerta estaba entreabierta.
Me
quedé pasmada. Estaba segura de haber cerrado la puerta con las tres
cerraduras. Dejé el incidente de lado y
me senté con mi amiga a charlar. Preparó unas pastas para la cena y dejó
una buena cantidad de
enceres para lavar. Tan
buena
cantidad, que pensaba postergar la tarea para la mañana siguiente.
Carla se marchó en algún momento que no
puedo precisar, pero me quedé sola temprano. Luego decidí darme una ducha.
Acabo de salir del baño y cuando fui a
apagar el calefón, pude ver que todo lo
que estaba en el
lavaplatos había desaparecido. Alguien había en la casa. Caminé hasta el
living. Al pasar por la puerta del baño, escuché claramente abrirse la llave
del grifo. Abrí la puerta pero claro, no había nadie allí.
Tengo miedo. Ya es tarde y a cada minuto
algo sucede, algo desaparece o se cambia de sitio. Tomé un cuchillo y después
una pastilla para dormir.
Me llevo el cuchillo a la cama.
Creo que no tomé la medicación aún. Voy
a tomarla. Mañana será día de descansar.
Creo que no tomé la medicación aún. Voy
a tomarla.
Mañana no sé qué haré.
Creo que no tomé la medicación aún. Voy
a tomarla.
“Voy a tomar la
medicación…”
Un médico de la institución reveló que las vivencias
de la paciente eran debidas a su falta de memoria inmediata; si bien recordaba
sucesos de días atrás y casi todo suceso de momento, algunas cosas se le
escapaban, desaparecían de su mente en tiempo y espacio.
Dijo el médico que la trató:
“Entraba y salía
de las habitaciones dejando las luces encendidas o apagadas, luego se olvidaba
y volvía a repetir el proceso. Para ella pasaron tres días, pero en tiempo real
fue una semana. Tendía
la cama y no lo recordaba, lavaba
los platos y no lo recordaba; incluso dejó abierto el gas de una hornalla, y
como olvidaba instantáneamente lo que hacía, le adjudicó los hechos a fenómenos
paranormales. Tampoco recordaba que su amiga Carla había muerto en el accidente
junto a Paolo, su novio que no llevaba casco, cuando venían los tres
alcoholizados en la moto de él. En su imaginación, había estado cenando con
Carla mientras Paolo estudiando fuera, según escribió en un cuaderno donde anotaba todo lo que iba
sucediendo. Durante la madrugada sacó las cortinas y las tiró a la basura. Las
encontró el encargado del edificio esa misma tarde, junto con una mesita de
teléfono y otras cosas. La mató la falta de memoria y dormir con un cuchillo…”
Del cuaderno de anotaciones de Selma Cardozo,
encontrado en el lugar de su muerte, al lado de su cuerpo. El caso, en un principio,
habría sido caratulado accidente doméstico, luego suicidio. El informe de una
clínica donde fue atendida por un accidente en moto unas semanas antes reveló
que a causa de su pérdida de memoria, accidental o intencionalmente tomó dosis
de más de su medicación y no sintió el cuchillo al clavarse en su pecho. Murió
desangrada en su cama mientras dormía.